Testimonio de sobreviviente de Ana

Foto de Ana R.
“Elijo ver las bendiciones en la experiencia de tener cáncer. Aprendí a escuchar a mi cuerpo y a abogar por mí misma.”

—Ana R., sobreviviente de cáncer de cuello uterino
Edad al momento del diagnóstico: 36

Me diagnosticaron cáncer de cuello uterino en etapa 2 (adenocarcinoma) a los 36 años. Era madre soltera con dos hijos, de 6 y 8 años.

Había tenido pruebas de Papanicoláu con resultados anormales, cuando estaba embarazada de mi hija, 8 años antes. Nunca me dijeron que tenía el VPH [virus del papiloma humano], aun cuando sí lo tenía. Después de cada resultado anormal en la prueba de Papanicoláu, me hacían un PEEA y una colposcopia. Estos siempre salían normales y mi ginecólogo obstetra me dejaba ir. [Nota del editor: Durante la colposcopia, el médico usa un instrumento para que el cuello uterino se vea más grande con el fin de ver cualquier célula anormal. A menudo el médico toma una pequeña muestra de tejido (biopsia) para examinarla en busca de cáncer y otras anomalías. PEEA es la abreviatura de procedimiento de escisión electroquirúrgica con asa; se trata de una técnica en la que se utiliza corriente eléctrica, que se pasa a través de un alambre delgado en forma de bucle, para extirpar tejido anormal.]

Y luego, tuve un sangrado anormal. Pensé que era debido a un DIU [dispositivo intrauterino] mal colocado. Fui a mi ginecólogo, y me dijo: “Sabes, tienes estos antecedentes y tienes el VPH, así que te haré un Papanicoláu, pero esta vez tomaré muestras de células un poco más arriba en tu cuello uterino”.

Obtuve resultados anormales nuevamente y programé otra colposcopia para el día anterior al Día de Acción de Gracias. Todavía no estaba realmente preocupada. Obtuve los resultados el 15 de diciembre, tres días antes de las vacaciones de invierno de mi escuela. Mi médico llamó mientras estaba dando clases y me dijo: “Tengo tus resultados. Tienes cáncer. Yo no puedo tratarte, así que te he remitido a un oncólogo. Te llamarán hoy. Probablemente tendrás que someterte a una histerectomía”. Salí del trabajo y me senté en mi auto en shock. Estuve sentada allí tal vez por 45 minutos antes de que llegaran las lágrimas. No tenía idea de qué esperar. Lo único que sabía era que no podía morir; tenía dos bebés que me necesitaban.

Esa Navidad la pasé yendo a exámenes, exploraciones, reuniones con oncólogos y radiólogos, y médicos especialistas en quimioterapia, para establecer mi plan de tratamiento. En la víspera de Año Nuevo, me hicieron mi primera operación laparoscópica. [Nota del editor: En la operación laparoscópica, se inserta un instrumento delgado, parecido a un tubo, llamado laparoscopio en el abdomen a través de una pequeña incisión. Esto ayuda al médico a ver y extirpar el tejido que se va a examinar con un microscopio en busca de signos de enfermedad.] El cirujano me sacó las trompas de Falopio y movió mis ovarios fuera del campo de la radiación que pronto recibiría.

Seis semanas más tarde, comencé con citas semanales de quimioterapia y 28 rondas de radiación externa. Seguí con esto durante seis semanas y luego tuve tres rondas más de radiación interna. Mi cuerpo estaba agotado. Nos mudamos con mis padres para que pudieran ayudarme a ir a las citas y a llevar a mis hijos a la escuela y a sus demás actividades.

Y luego, en abril, se acabó. Mis médicos me enviaron a casa diciéndome: “Terminaste. Te veremos en seis meses”. Quedé petrificada. No había manera de saber si habían eliminado todo el cáncer. Entonces comencé a tener mucha secreción. Mi radiólogo y mi oncóloga me dijeron que estaba sanando debido a la radiación. Me dijeron que esperara un mes y que mejoraría… que esperara tres meses y habría desaparecido. Después de seis meses me aburrí de esperar. Sabía que todavía había algo mal.

Fue en ese momento cuando fui a buscar mi primera segunda opinión. Me preocupaba que mi ginecóloga oncóloga se molestara conmigo por no confiar en ella. Pero sabía que necesitaba abogar por mí misma. Cuando obtuve la segunda opinión, el médico dijo: “Lo más probable es que haya cáncer residual”. No podía creerlo. Me hicieron una histerectomía radical dos semanas después. [Nota del editor: Un ginecólogo oncólogo es un médico que se especializa en el diagnóstico y tratamiento de los cánceres que comienzan en los órganos genitales de la mujer. Una histerectomía radical es una operación para extirpar el útero, el cuello uterino y parte de la vagina. Es posible que los ovarios, las trompas de Falopio y los ganglios linfáticos cercanos también sean extirpados.]

Después de la operación, me dijeron que habían alcanzado márgenes normales y que no había evidencia de enfermedad. ¡Hurra! Pero unos días después, comencé a tener un dolor extremo en mis riñones. Descubrí que mis uréteres (lo que une los riñones a la vejiga) estaban dañados por la radiación en ambos lados de mi cuerpo.

En enero del 2017, me hicieron una operación reconstructiva mayor en la vejiga y los uréteres. Me enviaron a casa con un catéter y estents en ambos uréteres, para ayudar en el proceso de curación. Fue doloroso e incómodo. Finalmente, seis semanas después, sacaron los estents y el catéter.

El 5 de octubre del 2017 fue mi primer “aniversario del cáncer”. Con una TEP y una TC con resultados normales, llevaba oficialmente un año libre de cáncer. Pero mi prueba de Papanicoláu mostró más células precancerosas. Esta vez eran lesiones de NIV, neoplasia intraepitelial vaginal, nivel 2. [Nota del editor: Las células precancerosas en la vagina se llaman neoplasia intraepitelial vaginal o NIV. La mayoría de las mujeres que presentan NIV no llegan a presentar cáncer. La NIV es causada por una infección por el VPH.]

Una vez más, llamé para obtener una segunda opinión sobre el tratamiento que me habían recomendado. Esta vez no me preocupaba ofender a nadie. Quería abogar por mi salud y tomar cartas en el asunto. La segunda opinión confirmó el curso de tratamiento recomendado por mi oncóloga.

Desde enero del 2018, he estado libre de cáncer y lesiones. Nunca elegiría pasar por esta batalla, pero elijo ver las bendiciones en la experiencia de tener cáncer. Aprendí a escuchar a mi cuerpo y a abogar por mí misma. Aprendí que está bien obtener una segunda opinión. Aprendí que tengo innumerables familiares y amigos que están aquí para apoyarme, sentarse conmigo durante la quimioterapia, llevarme a la radiación, cuidar de mis hijos, cocinar, reír conmigo, llorar conmigo, abogar por mí cuando no tuve la capacidad de hacerlo por mí misma. Y en el caso de mi mamá, a hacer cualquier cosa y todo lo que yo necesitaba, a veces incluso antes de que yo supiera que lo necesitaba. Pero sobre todo aprendí que soy fuerte. Cada vez que pensaba que no podía hacerlo, que no podía seguir, cada vez que quería rendirme, buscaba más profundo y seguía encontrando más fuerzas.

Quiero que las mujeres sepan que necesitan cuidarse a sí mismas. No dejen de ir a sus exámenes anuales y, si sienten que algo anda mal con su cuerpo, no se preocupen por molestar u ofender a los médicos. ¡Esta es su vida! También quiero que la gente sepa que mi generación podría ser la ÚLTIMA generación en tener cáncer de cuello uterino. Podemos erradicar esta enfermedad vacunando a nuestros hijos, niñas Y niños. Esta es mi misión ahora: compartir mi historia para que otros no tengan que pasar por lo que yo pasé.

Esta página fue revisada el: 28 de agosto de 2019