Saltar directamente a búsqueda Saltar directamente al índice A-Z de los CDC Saltar directamente al menú de navegación Saltar directamente a la página de opciones Saltar directamente al contenido del sitio

Historias personales sobre la tuberculosis

 

La historia de Kate

Simplemente oí a mi hijo llorar. Y fue la mejor sensación porque, pensé, ¡escucha esos pulmones! ¡Escucha como llora ese bebé! Ese bebé puede llorar, ese bebé puede respirar”, recuerda Kate.

Kate estuvo muy enferma cuando estuvo embarazada de su segundo hijo. Le diagnosticaron tuberculosis y pasó más de dos meses en el hospital. Una de sus mayores preocupaciones durante el tratamiento era cómo afectarían a su bebé los medicamentos para la tuberculosis.

 

Casi desde que Kate quedó embarazada comenzó a sentirse mal, como si estuviera muy resfriada. Luego aparecieron sudores nocturnos y una tos incesante. Al principio pensó que era solo porque estaba embarazada. “Cuando estás embarazada, de cierta manera sabes que te podrías sentir un poco cansada y medio mal”, dice Kate. Pero la tos no paraba. Poco tiempo después, apenas podía tragar de tanto que le dolía la garganta a causa de la tos. A veces se despertaba en la mañana y tosía por 15 minutos antes de que pudiera comenzar su día.

Su médico de atención primaria pensó que podría ser neumonía, pero Kate no mejoraba. Vio a varios médicos distintos, pero ninguno pudo descubrir qué estaba causando su enfermedad. Después de varios meses de tos persistente, tenía la garganta tan lastimada que apenas podía comer. Estaba bajando mucho de peso y le estaba comenzando a preocupar la salud de su bebé. “Estaba bajando mucho de peso cuando en realidad debía haber estado aumentando. Esa era la preocupación de todos”, recuerda Kate.

"Simplemente oí a mi hijo llorar. Y fue la mejor sensación porque, pensé, ¡escucha esos pulmones! ¡Escucha como llora ese bebé! Ese bebé puede llorar, ese bebé puede respirar”, recuerda Kate.

Fue a ver a su ginecóloga obstetra para un chequeo de rutina. A la médica le preocupó que estuviera deshidratada. Le dijo que se fuera inmediatamente al hospital. Su estadía duró 75 días.

“Cuando fui al hospital, pensé que pasaría allí una noche o quizás, como máximo, unas pocas noches. Pero estuve allí 75 días. Y nosotros no estábamos preparados para eso. Mi marido no estaba preparado para eso. Nunca me despedí de mi hijo”.

Al final, le diagnosticaron tuberculosis. Cuando comenzó el tratamiento para la tuberculosis, le dieron los medicamentos más comunes. Al poco tiempo, estos le produjeron efectos secundarios; entonces, su equipo de atención médica le hizo ajustes a su régimen de tratamiento. Esto significaba que a Kate le llevaría más tiempo completar el tratamiento. Una de sus mayores preocupaciones era cómo afectarían a su bebé los medicamentos para la tuberculosis.

“No había forma de que alguien me pudiera decir con certeza qué efectos iban a tener esos medicamentos en mi bebé y eso fue muy, pero muy difícil”, dice Kate.

Casi dos meses después, cuando la enfermedad de Kate ya no era contagiosa, le dieron el alta hospitalaria. Finalmente pudo abrazar a su hijo de dos años.

“Estaba realmente preocupada cuando salí del hospital, me preguntaba ¿qué va a pensar? ¿Va a llorar cuando me vea? ¿Me va a reconocer? Pero vino directamente a mí… me abrazó… fue verdaderamente increíble”, recuerda.

Pocas semanas después de recibir el alta hospitalaria, Kate dio a luz a un varoncito sano.

Por suerte, ninguno de los familiares, amigos o compañeros de trabajo de Kate se enfermó de tuberculosis. Ella está contenta de haber terminado el tratamiento y de que puede disfrutar de dedicarse a su familia. Desde que se recuperó de su enfermedad se ha desempeñado como portavoz para crear conciencia sobre la tuberculosis y apoyar a otras personas que tengan esta afección, especialmente a las mujeres embarazadas.

“Quiero que la comunidad de la salud recuerde que la tuberculosis se transmite por el aire y que cualquier persona puede contraerla”, dice Kate.

 

TOP