Historias verdaderas de personas con trombosis venosa profunda

La historia de Crystal

Crystal Bogues

Mi primer coágulo de sangre ocurrió a fines de los 80, después de dar a luz a mi primer hijo, a los 19 años de edad. Estaba en casa, cuatro o cinco días después del parto, y empecé a sentir un dolor que se irradiaba desde la parte baja de la espalda hacia mi pierna izquierda. Pensé que estaba relacionado con el hecho de haber dado a luz y por eso no hice nada, hasta que al día siguiente se me hinchó muchísimo la pierna. En ese momento me fui al hospital, donde me diagnosticaron un coágulo de sangre en la pierna izquierda, tras hacerme un estudio Doppler (una ecografía que observa el flujo de sangre que circula en los vasos sanguíneos). Me empezaron a dar anticoagulantes y estuve hospitalizada por 8 días. Después de seis meses de estar tomando un anticoagulante, mi vida volvió a la normalidad. Si bien la parte baja de mi pierna izquierda siguió estando un poco más grande que la derecha, continué haciendo deporte e inclusive jugué al baloncesto en la universidad. Después del nacimiento de mi primer hijo me recetaron píldoras anticonceptivas. Por suerte, después de un mes de tomarlas, leí la información impresa en letra chiquita en el envase y me di cuenta de que podían aumentar el riesgo de tener otro coágulo. Dejé de tomarlas inmediatamente.

Para el 2010 mi actividad física había disminuido. Ya no estaba tan activa como antes y aumenté de peso. Comencé a participar en un programa intensivo de ejercicios, de una hora por día, y a comer alimentos más saludables. Mantuve un registro de mis salidas a trotar y correr. Un día, después de haber corrido, sentí un dolor insoportable en la pierna. Al día siguiente se me hinchó mucho y tuve dificultad para caminar. Estaba exhausta y me quedaba sin aire mientras hacía las tareas más simples. Fui al hospital y allí me diagnosticaron tres coágulos de sangre en la pierna izquierda. No había viajado y me mantenía físicamente activa, por lo cual a mis médicos les resultó difícil identificar la causa de los coágulos. Me hospitalizaron por cinco o seis días y tuve que pedir un mes de licencia en el trabajo para recuperarme. Fui a ver a un hematólogo (un médico que se especializa en trastornos de la sangre) y me recetó un régimen continuo de anticoagulantes. Ahora tengo el sindrome postrombótico (SPT), que me causa edema (retención de líquidos e hinchazón) en la pierna. El SPT me afectó mucho la vida. Ya no puedo caminar cuesta arriba ni usar zapatos de tacón alto o cualquier zapato que eleve los talones. Ya no puedo mantenerme físicamente activa de la misma forma que antes, como cuando corría o hacía Zumba. Comencé a hacer marcha atlética, pero me provocaba dolor intenso e hinchazón. Para mantenerme saludable, espero poder andar en bicicleta y mejorar mi alimentación.

Actualmente estoy viendo a un hematólogo para determinar si hay factores genéticos que estén provocando los coágulos. Mi abuelo tuvo un coágulo de sangre, y hace poco otro familiar murió a causa de uno, a los 33 años de edad. Les recomiendo a todas las personas que estén leyendo mi historia que aprendan cuáles son los signos y los síntomas de los coágulos de sangre para reconocerlos lo más pronto posible. Los coágulos de sangre no son una sentencia de muerte y hay formas de adaptarse a ellos, pero lo que resulta fundamental es detectarlos temprano. Si le han diagnosticado un coágulo de sangre, debe aprender todo lo posible sobre los coágulos para que pueda sentirse capaz de abogar por usted mismo y seguro de la atención que reciba. Es importante que se rodee de un equipo bien informado de proveedores de atención médica, con el cual se sienta cómodo y que no lo ignorará cuando usted tenga inquietudes. A veces es difícil obtener respuestas respecto a las causas de los coágulos de sangre, pero si puede encontrar buenos médicos que lo escuchen, ellos trabajarán con usted y harán todo lo posible para que pueda tener una vida saludable.

Los CDC le quieren agradecer a Crystal por compartir esta historia personal.

La historia de Natalia

Natalia Kozak-Muiznieks

El 20 de julio del 2005 es un día que jamás olvidaré. Yo era alumna de posgrado en la Universidad de California en Los Ángeles y era el último verano antes de que completara mi doctorado. Ese día tenía una presentación importante, que requirió que comprimiera cinco años de investigación en una presentación de 15 minutos para las personas que la financiaron.

Me encontraba bajo mucha presión académica y, el día anterior a mi presentación, mi profesor me había enviado una tonelada de correcciones. Estuve cinco horas sentada frente a mi computadora portátil en el laboratorio, sin tomarme un respiro para ir al baño o comer, y practiqué mi presentación durante toda la noche antes de irme a dormir. Cuando me desperté al día siguiente, sentí dolor en la pantorrilla derecha. También tenía algunos moretones. Como no había hecho ejercicio ni me había caído el día anterior, no tenía idea de qué los podría haber causado. Pero no le presté atención porque tenía cosas más importantes en las cuales preocuparme, como mi presentación. El dolor era bastante intenso y esa mañana fui al laboratorio rengueando. Uno de mis colegas, que es médico gastroenterólogo, estaba allí. Era muy simpático y siempre estaba haciendo chistes, pero cuando le conté lo de mi pierna y me vio rengueando, su actitud cambió por completo y se puso muy serio. Me sugirió que fuera al consultorio estudiantil inmediatamente después de mi presentación.

Hice mi presentación y enseguida me fui al consultorio. Para entonces, se me había hinchado la pierna. Cuando el médico del consultorio me revisó, me mandó de inmediato a la sala de emergencias. Al llegar, cerca de las 6 de la tarde, me hicieron una ecografía y me diagnosticaron una trombosis venosa profunda (un coágulo de sangre en las venas profundas de la pierna).

Después del diagnóstico, tuve que inyectarme warfarin (un anticoagulante) durante una semana y me hicieron pruebas para ver si tenía un embolismo pulmonar (un coágulo de sangre en el pulmón). Afortunadamente, los resultados fueron negativos. Me hicieron análisis de sangre y no me encontraron una predisposición genética (una mayor probabilidad de contraer o presentar una enfermedad en particular según los componentes genéticos de una persona) a los coágulos de sangre. La opinión de los médicos fue que mi coágulo se formó por usar anticonceptivos, combinado con el hecho de pasar mucho tiempo sentada, ya que ambos factores pueden aumentar el riesgo de que se formen coágulos. Me sentí enojada, pues no estaba totalmente consciente de los riesgos de los anticonceptivos. Sabía que podían llegar a causar coágulos de sangre, pero pensé que por ser joven, no fumar y no tener ningún otro factor de riesgo, no sería un problema. Dudo que la mayoría de las mujeres realmente comprendan el riesgo de presentar un coágulo de sangre por usar anticonceptivos, y la mayoría de las compañías farmacéuticas no parecen enfatizar este punto importante. Las personas necesitan saber sobre todos los factores de riesgo de los coágulos de sangre.

Desde mi diagnóstico, hace 10 años, he aprendido muchísimo sobre los coágulos de sangre y cómo prevenirlos. Ahora tengo mucho cuidado para evitar que se me forme otro. Soy muy cuidadosa cuando viajo. Siempre elijo un asiento del pasillo cuando reservo mis pasajes de avión y me aseguro de levantarme y moverme durante el viaje. Cuando quedé embarazada de mi hijo, mi riesgo de que se formasen coágulos de sangre fue alto debido a que los niveles de estrógeno aumentan durante el embarazo, y tuve que tomar heparina (un medicamento anticoagulante) todos los días para evitar que se formase otro coágulo. Hacia el final del embarazo, tuve que inyectarme heparina dos veces por día.

Si pudiera decirles algo a las personas que tienen un alto riesgo de presentar coágulos de sangre, les recomendaría enfáticamente que aprendan acerca de los signos y síntomas. Yo nunca hubiese visto a un médico si no fuera por mi colega que me instó a hacerlo, y las cosas podrían haber resultado muy diferentes para mí. También les sugeriría que hicieran cambios en su estilo de vida para reducir los riesgos, siempre que les resulte posible.

Los CDC le quieren agradecer a Natalia por compartir esta historia personal.