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A
la cabeza de los esfuerzos de identificación y
En los últimos 20 años, el envenenamiento infantil por plomo y
sus efectos sobre la salud mental de los niños han descendido drásticamente
en Estados Unidos debido a las limitaciones impuestas al contenido de
plomo en la gasolina, las pinturas, la comida enlatada y otros productos
de consumo masivo.
Dedicados profesionales del EIS, como Philip Landrigan, fueron los primeros en documentar los efectos del envenenamiento por plomo en niños estadounidenses, con lo que cambiaron para siempre la percepción y las políticas públicas al respecto. "Cuando ingresé al EIS, en 1970, los CDC carecían de un componente ambiental", recuerda Landrigan. "La Agencia de Protección Ambiental todavía no se había fundado. El término salud ambiental no había llegado aún a formar parte de la conciencia pública y médica. En aquellos tiempos, la mayoría de la gente tenía una visión imprecisa de lo que eran los niveles seguros de plomo en la sangre. La gente pensaba que o se tenía una enfermedad grave, a veces mortal, o se estaba bien. No había matices intermedios".
Landrigan, pediatra formado en la Escuela
de Medicina de Harvard, tuvo una participación importante en la erradicación de tales conceptos.
En el invierno de 1971, el departamento de salud del condado de El Paso,
Texas, lo llamó para investigar los posibles efectos de la exposición
a bajos niveles de plomo sobre la salud de niños que vivían cerca de una
gran fundición de plomo. Landrigan sabía algo de envenenamiento por plomo.
Como médico residente del Hospital de Niños de Boston, había tratado niños
con envenenamiento por plomo causado por la ingestión de pintura. Su cercano
amigo Steve G. Gehlbach (de la generación de 1970 del EIS), también pediatra
de Boston, lo acompañó a El Paso.
Lo primero que hicieron los dos médicos fue revisar la información
sobre la contaminación ambiental del condado. Encontraron altos niveles
de plomo en el aire, el suelo y el polvo. Luego visitaron los centros
de cuidados infantiles de los alrededores para tomar muestras de sangre.
Sus estudios iniciales revelaron que 60 por ciento de los niños de 10
años o menos que vivían a lo sumo a una milla de la fundición sufrían
de envenenamiento por plomo, cuyos niveles en la sangre superaban los
40 microgramos. "La norma era que este nivel de absorción de plomo estuviera
entre cinco y diez por ciento en toda la población de Estados Unidos,
de modo que aquélla era una situación muy anormal", dice Landrigan, quien
decidió quedarse en los CDC para concluir la investigación que acababa
de comenzar.
Prolongó sus servicios en el EIS por un año más y regresó a El
Paso en el verano de 1972 encabezando un equipo de 10 investigadores de
la institución. Este trabajo, que fue publicado en The New England Journal of Medicine en
1975, concluyó que las emisiones de plomo de la fundición constituían
la fuente esencial del envenenamiento por plomo de los niños de la comunidad.
Los científicos descubrieron que los niños habían absorbido plomo al inhalarlo
del aire e ingerirlo a través del contacto de las manos con la boca luego
de tocar el polvo o el suelo, lo cual explicaba por qué los niños más
pequeños tendían a presentar los niveles más altos de absorción. Estudios
posteriores mostraron que los niños con los niveles más altos de exposición
al plomo tenían cocientes de inteligencia más bajos, mayores problemas
de conducta y tiempos de reacción más prolongados que otros niños de la
comunidad que tenían niveles menores de absorción de plomo.
"Esta investigación y otras similares que se hicieron en otros
lugares demostraron que existe un espectro de toxicidad del plomo", señala
Landrigan. "En el nivel más alto, el paciente entra en coma y tiene convulsiones,
pero incluso a niveles más bajos hay daños al cerebro, que se manifiestan
en forma de pérdida de cociente de inteligencia, aumento del tiempo de
reacción, hiperactividad, poca duración de los períodos de atención e
incapacidad de concentrarse en alguna tarea. Este daño, más sutil pero
muy real, se conoce como envenenamiento subclínico por plomo".
"El trabajo que hicimos en El Paso y el que hicieron otros investigadores en otros lugares del país nos llevaron a percatarnos de que sustancias químicas como el plomo podían ser tóxicas para los niños a niveles que antes se creían seguros. Nos dimos cuenta de que un gran número de químicos, incluyendo los bifeniles policlorinados (PCB), el metil-mercurio y algunos pesticidas podían causar daños al cerebro en crecimiento de los niños".
Landrigan y su equipo visitaron 20 fundiciones
en todo el territorio de Estados Unidos para tomar muestras de sangre
de niños y documentar
su exposición a la toxicidad. Cerca de una fundición ubicada en Kellog,
Idaho, encontraron que un asombroso 98 por ciento de los niños que vivían
a menos de una milla de la fundición sufrían de envenenamiento por plomo.
"Nuestra investigación de la toxicidad del plomo despertó definitivamente
la conciencia pública sobre los peligros ambientales y se tradujo en muchos
cambios positivos en las políticas de salud pública", señala Landrigan.
"Una de las consecuencias más importantes de nuestro trabajo fue la decisión
del gobierno de Estados Unidos, en 1976, de eliminar el plomo como componente
de la gasolina. Como resultado de esta decisión, ha habido una reducción
de 90 por ciento en los niveles de plomo en la sangre de los niños estadounidenses".
En
los años 70, Landrigan y un pequeño grupo de miembros
del EIS fundaron la oficina de Actividad contra los Peligros Ambientales,
conocida hoy como el Centro Nacional para la Salud Ambiental de los CDC.
Su misión es estudiar los brotes de enfermedades causadas por la exposición
a sustancias químicas presentes en el ambiente. Los fundadores, además
de Landrigan, fueron Ed Baker, Malcolm Harrington y Dale Morse, todos
graduados del EIS.
"Dedicamos
muchos esfuerzos al trabajo con las fundiciones de plomo", relata Landrigan.
"También nos involucramos en casos de envenenamiento por pesticidas, derrames
de sustancias químicas tóxicas y aguas subterráneas contaminadas".
Landrigan siguó trabajando para los CDC hasta 1985, cuando comenzó a dirigir el Departamento de Medicina Comunitaria y Preventiva de la Escuela de Medicina de Monte Sinaí, en Nueva York, que puede jactarse de egresados tan prestigiosos como el actual director de los CDC, Jeffrey P. Koplan, y el jefe de Epidemiología, Stephen Thacker. Actualmente está trabajando con los CDC, la EPA, el NIH y la Dirección Nacional de Sanidad para organizar un ambicioso estudio de prospección epidemiológica con 100.000 niños estadounidenses. La investigación, similar en alcance al estudio realizado con adultos en Framingham, Massachusetts, después de la Segunda Guerra Mundial, que contribuyó a documentar los factores de riesgo de enfermedades cardíacas, rastreará el efecto a largo plazo de la exposición temprana a toxinas químicas sobre la salud y desarrollo infantiles. Landrigan atribuye a su trabajo en las fundiciones de El Paso su decisión de dedicar su carrera en la salud pública al estudio de los efectos de los contaminantes químicos en la salud de los niños.
"Sigo creyendo que el EIS representa una maravillosa puerta hacia
una carrera en la salud pública. Un gran número de personas que ingresa
al EIS permanece en la salud pública", dice Landrigan.
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de Salud y Servicios Humanos |
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